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Españolas en París, moritas en Madrid Juan Goytisolo
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En la actual temporada turística, la presencia española en Marraquech puede difícilmente pasar inadvertida. Grupos de jóvenes y menos jóvenes, pertrechados a menudo de todo lo necesario para su aventura "personalizada" en el desierto, pasean por los zocos de la medina vestidos de Coronel Tapioca o exploradores de El Corte Inglés. Pisan fuerte y recio, en una actitud de condescendencia simpática con los indígenas. Discuten en los cafés de compras y regateos, de las maneras de eludir la invitación aviesa de los bazaristas, de sus encuentros "casuales" con guías no oficiales, del peligro hipotético de hipotéticos carteristas. Una amiga me refirió la irrupción de un mozo de mil bolsillos, distribuidos en su pantalón, chaleco y gorro, en uno de los estancos más concurridos de la plaza. Se había adelantado a la cola de los que esperaban y asestó contundentemente a su dueño: "¡Eh, tú, dame un paquete rubio marroquí!". Me acordé de- la frase de Borges: "Los españoles no hablan mejor que nosotros; hablan más alto". Esta llegada masiva de nuevos ciudadanos europeos - lo somos ya, por la gracia de Dios, desde hace 14 años- me recuerda a veces la que, a comienzos de los sesenta, se volcó en España, ansiosa también de sol y exotismo. ¿Hablaban tal vez de nosotros aquellos franceses y alemanes como nosotros hablamos hoy de los moros? Mientras intentaba establecer un posible paralelo entre ambas situaciones y sus protagonistas, una campatriota admiradora como yo, dijo, "de Marruecos y los árabes" se presentó a saludarme en una de las terrazas a las que suelo ir al anochecer. Había seguido mi intervención en algún acto cultural madrileño y sintonizaba, afirmó, con mis ideas y sentimientos.
La música sonaba de modo familiar en mis oídos. Aunque los emigrantes españoles de los cincuenta y sesenta del siglo que nos deja no naufragaban en pateras ni debían escalar cercas con torres de vigilancia y alambre de púas, sufrían no obstante de las humillaciones del racismo cotidiano y administrativo de los países de acogida. José Ángel Valente me recordaba hace poco que en 1955, los que llegaban a la estación de Ginebra eran separados de los demás viajeros y desinfectados por los servicios sanitarios suizos. De vuelta a casa, mientras me esforzaba -empeño inútil- en poner un poco de orden en mi biblioteca, di con el ejemplar de un manual destinado a ayudar a las sirvientas españolas recién, llegadas a Francia así como a sus amas todavía no adiestradas en el manejo del léxico doméstico en nuestra lengua indispensable al buen funcionamiento del hogar. Se titula Guide bilingue ménager con el dibujo de una españolita con delantal y cofia, impreso en París en 1964. Por una serie de circunstancias que no vienen al caso, el apartamento en el que vivía con Monique Lange se convir tió en otoño de 1956 en un punto de cita de numerosas sirvientas de la región valenciana (fue el año de la helada que quemó los naranjos y, a consecuencia de ello, millares de peones agrícolas emigraron con sus familias a la cercana, pero culturalmente remota, Europa). Gracias al círculo de amistades de Monique, conseguí colocar a una buena veintena de ellas a veces en familias tan ilustres como la del etnólogo Levi-Strauss. Los domingos y días festivos, les bonnes -así llamaban entonces las señoras francesas a sus españolas- acudían a casa, solas o con sus maridos, y allí discutían de las virtudes y defectos de sus patronas y patrones, de sus ritos y costumbres domésticos y extraños gustos culinarios. Un periodista aficionado al comadreo, de los que tanto abundan ahora, hubiera podido componer un sabroso artículo moteado de negritas sobre las intimidades, grandezas y miserias de algunos famosos. Pero vuelvo al Guide bilingue ménager que el azar puso en mis manos. El manual se divide en una serie de apartados referentes a compras, cocina, lavado, planchado, servicio de mesa, etcétera, cuya lectura, treinta y pico años después, me supo a gloria. Por ello me permitiré reproducir algunos párrafos del mismo para ilustración del lector de hoy: "Debe Vd. saber que la Española no es holgazana, sino dura al trabajo (sic) y no se queja de él, sobre todo si se siente en confianza. No se inquiete si un día encuentra su cocina invadida por un grupo de amigos o parientes españoles, recién llegados a Francia sin nada para comer, ni dónde dormir... pero sobre todo no piense que tiene que hospedar, a la fuerza, a toda España y que los Españoles son unos invasores y unos frescos ..."
Tras estas generalidades sociológicas -cuyo posible parecido con las expuestas por la buena señora sobre su "morita" sería pura coincidencia-, el manual se extiende en conse jos y explicaciones tocantes a la limpieza, el silencio, las buenas maneras, todos los cuales merecerían una reproducción in extenso. Ante la imposibilidad de hacerlo, me limitaré a espigar de ejemplo las reflexiones acerca de la cocina:
Fotocopié algunas páginas del manual con la intención de ofrecérselas a mi simpática interlocutora madrileña; pero no volví a verla en el café. Escuché, eso sí, varias conversaciones sobre los moros y Marruecos. Pese a las incomodidades del viaje y altas temperaturas de la estación, el desierto parece haber fascinado a todo el mundo (sus habitantes, mucho menos). Pero no oí ningún comentario de mis compatriotas a la lectura de los diarios, con titulares referentes al muro de la vergüenza de Ceuta, al naufragio de las pateras y al baile de máscaras de los giles y gilis de Melilla Probablemente porque se trata de sucesos y hechos acaecidos en un planeta distinto.
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