ZAOREJAS
Altitud: 1.225,3 m.
Censo Habitantes: 203
Distancia de la capital: 130 Km

Este municipio, se constituye en uno de los más importantes del Alto Tajo, siendo el mayor de los que se localizan en la parte sur del río. Desde su reconquista perteneció a la jurisdicción conquense, y al igual que las poblaciones anteriores sólo en el siglo XIX pasó a engrosar los territorios de la provincia de Guadalajara.
Son de gran tipismo sus estrechas calles con abundantes casonas construidas en recio sillarejo calizo. Asimismo son dignas de visitar sus dos plazas, en las que se asientan interesantes edificaciones como el Concejo y varias casonas particulares, con sus llamativos escudos, rejas y llamadores.
Actualmente tiene anexionado a su término los pueblos de Huertapelayo y Villar de Cobeta.

Fue el equipo de redacción del Diccionario de don Pascual Madoz el que en 1848 decía esto al escribir de Zaorejas: «Dentro de él se encuentran tres ermitas (Nuestra Señora de los Remedios, San Pedro y San Bartolomé) e infinidad de fuentes, entre ellas una que llaman el Campillo, de finísimas aguas y tan abundantes que a poco trecho de su nacimiento alimentan un molino harinero, tres batanes y una ferrería; tiene además la particularidad de criar abundancia de sabrosísimas truchas que cuando salen de las cuevas donde nace la fuente son negras, y luego se aclaran y tornan del mejor color de las asalmonadas...» Resulta interesante consultar datos procedentes de aquella época, cuando el pueblo ya mantenía 540 habitantes y vivía del producto de las huertas y de la extracción de algunos derivados del pinar, tales como la resina, la pez, el aguarrás y la trementina; hoy, todo ello es insoñable aun para los más viejos del lugar, aunque todo encaja perfectamente con su situación y con el aspecto exterior de tantas de sus viviendas centenarias, propias de un pueblo con manifiesta categoría, como lo debió ser aquel Zaorejas de hace ciento cincuenta años al que nos acabamos de referir.

A cierta distancia de quien se aproxima al pueblo, se contemplan de lejos en ambos lados del horizonte, cortes aparatosos del terreno que delatan rincones paradisiacas, como regalo de por vida para los pocos afortunados que viven por allí y que los tienen a la puerta de casa. Luego he sabido que esta primera idea no fue producto de la imaginación, sino que Zaorejas, con su Puente de San Pedro a cuatro pasos, con aquel insustituible vallejo que en el pueblo llaman de los Cholmos, con su fuente de la Falaguera y tantos parajes más escondidos en su término, es todo él un maravilloso muestrario natural que sus vecinos conocen y del que se sienten sencillamente orgullosos.

Se entra al pueblo bajando una breve pendiente que hay antes de llegar al parque jardín, donde en el lateral de una pilastra que sirve de fuente, se puede leer: «Plaza del Teniente Coronel don P. Fernández Amigo. Año 1958». Las acacias, los columpios, y las frescas sombras que arroja el parque, hacen pensar en él como sitio de refrigerio y solaz en las calurosas mañanas del verano. Antes, algo más arriba, quienes llegan a Zaorejas pueden ver -por su aspecto todavía inconclusa- la plaza de toros, símbolo cuando menos de una afición bastante definida.

La calle Real Alta es la más importante de Zaorejas. La calle Real Alta comunica ambas plazas, la Vieja y la Nueva. En la calle Real Alta está el frontón de pelota, con gradas en un lateral donde pueden acomodarse más de cien personas. En la Plaza Vieja, que es la primera de las dos con las que uno se encuentra a lo largo de la calle, está el edificio impecable del ayuntamiento, provisto de doble grada de balcón, una encima de otra, y con el clásico reloj municipal con campanillo que, por lo menos en el instante en que lo vi, marcaba una hora inexacta.

Por las calles de Zaorejas vale la pena pararse a contemplar la solidez de algunos de sus más viejos edificios, así como la elegancia y estupenda forja de muchos de sus balcones. Una niña intenta llenar su cubo de agua en el chorrillo sutil que cuelga en el viejo pilón de la calle. La Plaza Nueva -para mí tan antigua y evocadora como la anterior, y que viene a caer al final de la calle- tiene un arco a manera de pasadizo por el que se puede salir directamente hasta los huertos. El encuadre general de la Plaza Nueva, con sus fachadas variopintas y románticas, con su fuente en mitad que remata un bolón de piedra, podría ser un bello motivo a tener en cuenta para pintores con gusto y para situar cualquier acción de una novela de costumbres. Y fuera el campo; el divino espectáculo de los declives violentos, de las chorreras rugidoras de agua dulce, de los meandros y vados del Alto Tajo que pasó a la historia de la literatura contemporánea el académico José Luis Sampedro, como constancia perdurable de un escenario simpar y de unas formas de vivir que en Zaorejas todavía recuerda con detalles la gente mayor.

Se han perdido o están a punto de perderse aquellos versos, de largo y profundo contenido, con los que las piadosas mujeres del lugar cantaban en cada Semana Santa la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Algo que, por lo menos en el papel, sería conveniente poner a salvo:

Vedme aquí como un esclavo,

pues a este balcón me sacan,

por ver si esta gente hebrea

se adolece de mis llagas.

Antes dicen: ¡Muera, muera!

Crucificale, ¿Qué aguardas?

Por Barrabás te pedimos

que lo sueltes sin tardanza

Desde el mirador del Castillo, en un pintoresco rincón de las afueras, se da vista al valle del Losar, que toma como fondo el cerro de La Canaleja, ya en tierras de Huertapelayo.

La historia

Vigilante desde su altura de la orilla izquierda del río Tajo, Zaorejas no puede narrar una historia especialmente sugerente, pues nada de importancia ocurrió durante siglos en su término. Nació quizás como una atalaya de gentes ibéricas, y sabemos que los romanos tuvieron asiento en su espacio. El cercano acueducto viene a significar que población de cierta importancia tendría para dedicar tantas horas y tantos dineros a hacer semejante obran.

Tras la reconquista de la comarca a fines del siglo XII, puso el Rey Alfonso VIII, hacia 1177, año de la conquista de Cuenca, y en un espacio estrecho a la orilla izquierda del Tajo, canónigos regulares de San Agustín, a los que donó la heredad del Campillo, para que pusieran monasterio que afianzara la repoblación del país. No tuvo apenas vida esta fundación, y dependiente de la jurisdicción y Fuero de Cuenca permaneció Zaorejas durante muchos siglos, sin especial relieve histórico. La heredad del Campillo perteneció también largos años a los monjes cistercienses de Buenafuente.

El patrimonio

Destaca en Zaorejas la especial estructura del pueblo, de calles estrechas y muy recias casonas de sillarejo calizo en toda su altura, para abrigar los interiores del intenso frío exterior. Dos magníficas plazas posee Zaorejas, con ejemplos en ellas de edificios comunes (el Concejo) y particulares (algunas casonas) con escudos, rejas, llamadores, clavos, etc. Su aspecto es típicamente serrano. La iglesia parroquial es relativamente moderna y sin interés artístico. Sobre la chapa de la cerradura de su puerta principal se ve grabado «Año de 1887. Macario Ropinón» herrero que la trabajó. Un par de forjas trabajaron durante muchos años, y con buen arte, la copia numerosa de objetos de hierro foriado que por todas partes del pueblo aparecen.

El monumento más relevante de Zaorejas es sin duda el acueducto romano, al que allí llaman «el puente romano». Senía para salvar el barranco de Fuentelengua, y se encuentra a poco más de un kilómetro al sur del casco urbano de Zaorejas. Se compone de un alto muro de piedra careada a dos hojas y con relleno de hormigón de ripio trabado con mortero de cal. El alzado de este muro se divide en cuatro secciones de grosor decreciente según aumenta en altura. Teóricamente, la obra estaría coronada de una cornisa que daría paso lógicamente a un canal para la conducción del agua. Originalmente su altura era de 12 metros. Lo más impresionante de este acudecuto romano es el arco que salva el barranco, que tiene el aspecto de un auténtico «arco de triunfo» y que permitía a su vez el paso de una calzada romana por su Interior.