Ser profe se ha comparado
muchas veces a ser actor. Ciertamente, el profesor,
cuando sube a la tarima, sube a un escenario. Delante
tiene a sus espectadores, pero ninguno de ellos daría un
duro por estar en esta función. Aquí está la primera
diferencia: un actor actúa "ante" su público
mientras que el profesor lo hace "en contra".
La clase es un show que el espectador desea siempre que
acabe pronto. Cuando acaba, el docente, con la garganta
maltrecha y los pulmones llenos de tiza, no recibe
aplauso alguno, porque hacerlo bien es su obligación. Y
ha de hacerlo bien cinco veces al día. Los actores han
luchado durante años por la función única; los profes
la hacen quíntuple. No hay "bravos", no hay
críticas, no hay reconomimientos.
Me imagino a la eximia
Amparo Rivelles cuando cruza el salón en una elegante
obra de Benavente y la veo pararse y recriminar a una
espectadora: "A ver, la señora de la gargantilla,
que se calle", pero la señora sigue con su
cháchara; la Rivelles se dirige ahora a un calvo de la
primera fila: "Mire, caballero, no me importa que
masque chicle, pero no me haga globos". El señor
hincha su globo a tope y lo hace explotar. La actriz se
desvanece en brazos de Arturo Fernández, mientras jura
retirarse y abrir una floristería.
Miren a ese grande de la
escena que es Imanol Arias. En medio de un trágico
monólogo de "Calígula" se queda callado y
empieza a mover la ceja con un tic descontrolado. Ha
visto que la rubia enjoyada del primer palco lleva
puestos los auriculares del Walkman.
Parece ser que muchos
profesores padecen depresiones. Según un estudio de los
psicólogos Luis Gómez y Emila Serra, casi el quince por
ciento de las bajas por enfermedad entre docentes en la
Comunidad Valenciana se debe a esta causa. Y el asunto va
en aumento. O sea, que el profe se ha puesto triste, no
quiere hablar con nadie y ha perdido el interés por
todo. Es víctima de un trabajo que le obliga a estar en
continua tensión, porque ahí tiene permanentemente a
cuarenta niños de otros; cuarente espectadores
contrariados, cuarente jueces picajocos.
Le queda el consuelo de la
nómina, justilla de verdad si se piensa en todas las
profesiones que desempeña: actor, eneseñante, nurse,
confesor y policía antidisturbios. "Pero tienen
muchas vacaciones" me dice una madre. En eso de las
vacaciones, más que un reproche hay un lamento profundo:
a su chaval del alma, ella no lo aguanta quince días a
tiempo completo. "¿por qué no invita usted a
treinta y nueve amigos de su hijo a pasar las tardes en
su casa?" le digo, sacando mi vena diabólica.
Casi me mata.
Si se valorara, si tuviera
menos alumnos, si estos le vinieran ya educados... el
profe no estaría tan afligido.
Juan Marín - Zaragoza (De Escuela Española de 30/05/91 pag.33)